
Casi a finales de septiembre, cuando ya todos salíamos de las malditas clases, empezaban los ritos de ir de casa en casa y buscar a los cuates que jugaran béisbol o cualquier inútil que hiciera bulto y tuviera el intelecto suficiente como para ponerse un guante y detener una pelota de tenis. Así cuando llegaban los más fuertes se usaba una bola de beis. Sí, fuera los débiles. Y tenían de dos o los ponían a pitchar o se iban a sus casas. Desechados porque no tenían la fuerza para batear, eran pequeños o eran un out seguro. Apartheid, pero claro y todos lo sufrimos. La hora: 3 de la tarde. El ritual de seguía hasta enero, primeros 10 días, hasta que las clases nos disolvieran. Gorras guantes, bates, pelotas (sí esas), y bolas de beis o soft eran los instrumentos de trabajo y claro, la conversación era el partido de playoffs de la noche anterior.
Acaba de terminar el partido de los Mellizos y Tigres, un encuentro extra por el último boleto a la postemporada. La novena de Minnesota les ganó en 12 innings a los Tigres de Detroit en el Metrodome de Minneapolis. Emocionante. Hasta sudé. No había sentido eso en años con un partido de béisbol. Hombre en segunda en la parte final de la 12ava entrada. El pitcher lanza... roletazo que se va de hit, arranca desde segunda Gómez el tiro al home... quieto y los Mellizos se van a Nueva York para la postemporada. Hay que verlo. La emoción de la gente, los 60 mil fanáticos gritando, la molotera en la alfombra del diamante, las gorras y las camisetas que se ponen para celebrar que ganaron el banderín. ¿Dónde está Abdón Rodríguez Zea con el Ave María Purísima?, ¿Dónde estás Benedetti?. Puta, cómo hace falta. Cuando murió dejé de ver beis. Hasta ahora que me estoy recuperando de su pérdida. Me revivió la necesidad.
Vi la primera serie mundial del 85 entre los Reales de Kansas City y los Cardenales de San Luis. Como odiaba a los Cardenales y a John Tudor su pitcher estrella por aquellos años. Ganaron los Reales. George Brett fue un héroe. Pero no fue hasta 1986 que vi la temporada completa y la serie mundial que me robó el corazón. Ese año fue muy importante para mí. Vi el primer Mundial de fútbol: México 86. El Pelusa levantando la copa. La mano de Dios. Qué suerte la de México. Tuvo a los mejores futbolistas del mundo en su máximo esplendor. En el 70 a Pelé y el 86 a Maradona. Ese año fue todo deportes. Regresando al béisbol. El Shea Stadium, hoy demolido y antiguo hogar de los Mets, era testigo cuando a Bill Buckner, primera base, se le iba entre las patas un roletazo inofensivo, que de agarrarlo los Red Sox hubieran ganado la serie mundial. Pero se fueron al séptimo juego. Después el lanzamiento final con sabor a ponche para el out 27 del zurdo Jesse Orozco daba por terminada la serie y el título de Campeones Mundiales a los Metropolitanos. Cómo salté. A los 11 años era un triunfador. Suena Velvet Hands de Silvetti. ¿Porque todos queríamos ser como Abdón?. Porque era el mejor locutor de Guatemala.
A esa edad tuve mi mejor guante de beis. Era enorme y para la posición de fielder. Los primeros roletazos que agarraba, las tremendas atrapadas, empujar carreras, ganar en el último estertor de sol antes que anocheciera. Batear 5 hits en cinco turnos, empujar 3 carreras y ganar el partido más difícil entre colonias. Ser un héroe. Convertirte en el jugador más valioso. Y algo todavía mejor batear un hit por la chava que anhelabas tener en tus brazos. Como decía, ser un ganador y el más grande de aquella tarde. ¡Puta Abdón, cómo haces falta!
La voz del hombre...
